Por: Miguel Angel Maciel González

Algunas consideraciones previas: 1. El título de esta columna intenta describir uno de tantos pasajes que ocurren en las aulas universitarias y su importancia radica de que a pesar de mostrar un solo un fenómeno, tiene mucha importancia por lo que representa para la cultura en general y la escolar en lo particular y 2. No se trata de este espacio de alabar o denostar a nadie, pues la vida de estudiantes (quienes serán la referencia aquí, so pena de simplificarlos en  este comentario), resultan ser un escenario complejo que es necesario examinar con mayor cautela, lo que si se pretende es mostrar algunos aspectos criticables, los cuales lleven a un análisis sobre las condiciones en las que se está ejerciendo el trabajo de formación.

Desde hace al menos unos veinte años el suscribiente de este texto, ha revisado y visto una variedad de aspectos interesantes dentro del teatro de operaciones o el escenario para ejercer la docencia, es decir: el salón de clases. En ese sentido como todo sistema abierto, el aula se alimenta no sólo de las reglas institucionales, académicas y del docente, sino también de las fuerzas sociales, económicas y culturales que definen un modo de ser de educandos y educadores.

En ese mismo sentido, se ha observado como es que nuestra civilización actual ha devenido en un entorno dominado y caracterizado por la sociedad de consumo, del espectáculo y por el desarrollo de Internet y las redes sociales, estos factores no son fenómenos aislados del desarrollo escolar y educativo, sino marcos de referencia de los que nos valemos, no sólo para interpretar la realidad, sino para actuar y creer que ese es el modo correcto o “natural” con el cual “hay” que vivir.

Bajo esta consideración, parte de lo que enseña este tipo de sociedad es lo siguiente: 1. El ser humano “más” hábil es aquel que no necesita de los otros, pues su destreza consiste en “saltar” los “obstáculos” para llegar a su cometido y 2. Dado que el individuo se define sólo porque lo que piensa y hace, no requiere ni sustentar sus ideas ni probar lo que dice, en tal caso se cree como una “verdad viviente” independiente de los demás; una sociedad hedonista sin compromiso.

Trasladado a la lógica del aula escolar se encuentra lo que Massimo Recalcati ha definido como la ausencia de la “Ley de la palabra”, esto implica que los estudiantes se han mimetizado en un orden en donde a pesar de estar dentro de una institución educativa, han entronizado en sus mentes y cuerpos, la idea de desprenderse de cualquier obligación académica o normativa, por supuestamente ser coercitiva y con ello, hacer lo que quieran, deseo que no necesariamente se relaciona con su formación o aprendizaje y si con lo que se conoce como “el goce mortífero”, es decir, adueñarse de todo cuanto deseen, en el momento en que lo ambicionen y en las condiciones que prefieran, aunque se les falte el respeto a esos sujetos y/u objetos de deseo o que ellos mismos no estén disponibles para esos estudiantes.

Otro signo de la ausencia de regulación, se define a través de lo que ellos viven en los mundos virtuales, es decir, de acuerdo a que para muchos de ellos, esto representa la única realidad posible –por cierto una existencia abreviada– consideran que los argumentos vertidos en páginas web, blogs, videos, selfies, memes, resultan suficientes y pertinentes para desarrollar un trabajo, preparar una exposición o participar, limitando la discusión a lo que se habla en la red, lo que implica también la falta de atención sobre todo de los problemas y necesidades que pasan en la realidad de carne y piedra, con lo cual declina la formación universitaria y se crea una escuela con un horizonte basado en no profundizar y en no consensuar reglas y sobre todo valorar a los demás en sus distinciones.

A diferencia de lo que creen posturas ingenuas de algunos profesores en donde todavía consideran que sus esfuerzos por los estudiantes tendrá un efecto en su formación, resultaría mejor apreciar lo que ocurre en nuestro alrededor, escudriñar los valores, explorar las creencias, avizorar los puntos de vista de la sociedad actual, es decir, dejar de lado nuestro ego personal y aprender un poco de filosofía y sociología para no sólo explicar lo que pasa, sino lo que podemos hacer para cambiar no sólo las aulas, sino la vida educativa y humana.

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