PENSARC

El filósofo Thomas Nagel publica en 2012 un influyente libro que pretende ser una crítica demoledora del reduccionismo materialista que subyace al neo-darwinismo. La edición en español aparece en 2014 con el título ‘La mente y el cosmos’ y lleva por subtítulo el no menos atractivo “Por qué la concepción neo-darwinista materialista de la naturaleza es, casi con certeza, falsa”.

Las limitaciones explicativas que Nagel cree advertir en la ciencia biológica para poder dar cuenta de dos de sus cuestiones más complicadas, a saber, el del origen de la vida y el de la conciencia en la especie humana son, en mi opinión, algo superficiales y bastante manidas.

Nagel recurre en buena medida a los partidarios del diseño inteligente, a los que defiende por el derecho que tienen, según él, desde legítimas posiciones religiosas, a cuestionar aquellos asuntos que, a juicio de ellos, la biología actual no parece poder explicar adecuadamente. En particular, para el asunto del origen de la vida, Nagel recurre al argumento de la extrema improbabilidad de esta en el planeta.

Por lo que respecta al tema de la conciencia y la disponibilidad en nuestra especie de categorías asociadas a la misma como los juicios, los valores o la libertad, Nagel advierte que es el terreno donde él aprecia con más fuerza que no hay forma de darle explicación científica si esta es de corte reduccionista y materialista. Para Nagel la ley física que gobierna todo el entramado de la ciencia moderna nos abre a una explicación –en realidad a una no-explicación- de la conciencia, dado que esta es estrictamente inmaterial, al tiempo que con capacidad para actuar sobre lo físico y material de nuestro cuerpo. Siempre que aparecen este tipo de recursos me pregunto por qué existe tanta reticencia a aceptar bases materiales a fenómenos complejos, con independencia de que todavía no tengamos recursos explicativos suficientes para dar cuenta de los mismos.

Por otro lado, Nagel no reclama o no pretende criticar al neo-darwinismo para así acogerse al teísmo. No le satisface una explicación basada en las acciones ininteligibles de un Ser Supremo. Por el contrario, reclama la búsqueda de nuevas explicaciones, manteniéndose dentro del mundo del ateísmo, aunque en modo alguno el beligerante.

Nagel, llegado a determinado punto de su discurso, reconoce que la única forma de dotar de explicación científica al origen de la vida y de la conciencia humana sería por medio de un principio más fundamental y presente en la evolución del Universo. Solamente bajo esa perspectiva o disponibilidad podríamos decir que cabría la posibilidad de una explicación materialista (científica) de aquellos dos grandes asuntos. Pero el hecho de que no dispongamos de la citada teoría o evidencia del principio fundamental que mueve hacia la complejidad, sea la del origen de la vida o la de la conciencia, no excluye que podamos dar con él en algún momento de la ciencia futura.

Es cierto que, ahora mismo, un principio tal, al menos en el ámbito de la evolución biológica, es contrario al pensamiento estándar neo-darwinista donde la impredecibilidad y el carácter contingente de los fenómenos biológicos hacen imposible pensar en una tendencia. Pero sin recurrir a una inteligencia superior, la demostración de la existencia de una ley física promotora de la complejificación en la dinámica del Universo nos pondría a salvo de explicaciones no científicas. A mi juicio, querido lector, es dogmático criticar la posición materialista de la ciencia bajo la óptica de que es reduccionista. Reduccionismo y materialismo son dos asuntos bien distintos.

La reducción puede ser superable con el descubrimiento de nuevas leyes específicas para según qué niveles de organización de la materia. El materialismo, por otro lado, aboga o parte de la existencia de elementos, factores o fuerzas, de tipo natural, no sobrenatural.

El hecho de que se nos escapen alguna de ellas hoy no excluye que podamos encontrarlas más adelante. La materialidad con la que trabaja la ciencia ahora mismo no excluye nuevos materiales explicativos en un futuro. La ciencia da cuenta o trata de explicar los procesos naturales a través de principios o leyes que van descubriéndose con el tiempo. De ahí su carácter infinito, la de una obra siempre en continua construcción y, por qué no, de remodelación de sus estructuras más fundamentales de vez en cuando.

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