Aclaración: pulcritud no significa aquí, que nuestra civilización se ubique sólo en el lado de la claridad y la limpieza en las ideas, en las actitudes y en los actos. En ese mismo sentido, honorabilidad no supone que sólo se reconozca el respeto como única cualidad o condición de las personas en su relación con el mundo. Al final de cuentas, los individuos bordean y juegan con distintas maneras de presentarse y expresarse, lo cual habla que lo complejo es el o un modo de ser de nuestra especie.

Más bien ambos conceptos (y diríase; sensibilidades), son formas de vida aspiracionales, las cuales no solamente se buscan para sí mismo, sino también con relación a los demás. En ese sentido, la noción de artesano del sociólogo estadounidense Richard Sennett, puede enseñar ambos atributos mediante comprender qué se hace, para quién se hace y por qué se hace.

¿Qué se hace? En su libro El artesano (2009), Sennett, habla del trabajo artesanal que impulsa la creación de figuras de vidrio. Indica la manera en cómo el cuerpo debe acomodarse para evitar que se diluya la posibilidad de elaborar una silueta o un contorno cristalino. Pero lo más fascinante –señala el autor– es la articulación reflexiva y operacional entre el cerebro, la mano y el ojo, en dónde este último debe “fundirse” con el material incandescente, para lograr el objetivo, esto puede verse como “olvidar” por un rato el cuerpo y vivir la experiencia de ser uno mismo conjuntamente con el objeto fabricado, aquí se señala un qué se hace, desde el punto de vista de ciertas conexiones no concientes, pero qué develan como hay una conciencia no pensante, ni actuante, sino aquella que se autoobserva como un todo integrado, una pulcritud para relacionarse con la vida, con lo otro.

¿Para quién se hace?, el teórico norteamericano, comenta una escena donde los maestros artesanos de la Edad Media, son reconocidos por su saber trasmitido a sus aprendices, lo cual les otorga cierto grado de autoridad, pero también lo obtienen cuando los príncipes o los hombres ricos, les solicitan que autentifiquen monedas de oro, lo cual ellos logran validar a través de “tantear” con la mano; la textura, la consistencia, los pliegues y el peso de las piezas revisadas. Importante señalar, la confianza dada para hacer esta actividad, la cual en la generalidad lo hacían de forma clara y transparente, porque si no, el problema no era con los adinerados solamente, sino también con el gremio al que pertenecían, se ve el vínculo no sólo con lo otro, sino con los otros.

Además, se considera a la mano como extremidad “santificada”, por su misma sensibilidad, por ello, estos artesanos son figuras “apostólicas”, con un detalle adicional, y era la consideración de que mientras más era el tiempo invertido para tasar el metal, se lograba tenerle confianza al mentor. Pulcritud en la palma y honorabilidad en su posible sinceridad y en el tiempo invertido para su labor.

¿Por qué se hace? Sennett, desconfía de la labor de los robots, porque generan, un modelo de vida: el de la perfección, que hoy en día resulta aquel sueño buscado por la humanidad para gozar de una vida plena. No obstante ante este derrotero, que de acuerdo con el autor oscurece la función de estos autómatas, el sociólogo de Chicago, da a entender que conformarse con las máquinas las cuales proveen de todo sin alguna falla, supone dos cuestiones: 1. No evidenciar los límites humanos para practicar cosas aunque se puedan estropear y 2. Inhabilitar y/o borrar la idea de que el hombre para vivir, está en búsqueda de usar a su modo, las técnicas que lo lleven a realizar la labor, lo cual puede conducir a la destrucción de su creatividad y de la razón de ser del trabajo, fenómenos que están ocurriendo con las tecnologías actuales, que siendo supuestamente panaceas, representan detener y pasmar el deseo por experimentar la equivocación y otras rutas inventar y ser ingeniosos con lo cotidiano.

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