PENSARC

Alexandre Koyré (1892-1964) ha sido uno de los impulsores de la moderna historia de la ciencia. Me interesa traer aquí una frase suya que pone de manifiesto cómo la ciencia, a pesar de su dinámica interna —cuestión que voy a matizar más adelante— no es ajena en modo alguno a la influencia de las concepciones filosóficas.

En sus “Études d’histoire de la pensée philosophique” comenta: “En efecto, estoy profundamente convencido de que el papel de esta “subestructura filosófica” ha sido de una gran importancia y de que la influencia de las concepciones filosóficas sobre el desarrollo de la ciencia ha sido tan grande como el de las concepciones científicas en el desarrollo de la filosofía.

Se podría aducir numerosos ejemplos de esta influencia. Uno de los mejores… nos lo proporciona el periodo post-copernicano de la ciencia, periodo que comúnmente se está de acuerdo en considerar como el de los orígenes de la ciencia moderna; me refiero a la ciencia que dominó el pensamiento europeo durante casi tres siglos, grosso modo, desde Galileo hasta Einstein y Planck o Niels Bohr”. Nada menos que el propio origen de la ciencia moderna estaría muy vinculado a cambios importantes en los posicionamientos u horizontes filosóficos de aquellos que la promovieron.

Solemos tender a pensar que la ciencia realmente es o debe ser ajena a tales subestructuras; es más, que hemos de hacer lo posible por quitarnos el andamiaje filosófico para quedarnos con el puro producto de la consecución o el descubrimiento de una nueva ley o una nueva teoría. En realidad, la dinámica interna de la ciencia es mucho más rica que la pura sustitución de unas teorías por otras, o de acumulación de descubrimientos técnicos.

La ciencia es producto de los hombres que la construyen y el desgaje entre lo que es la subestructura filosófica y la propia ciencia no es tan sencillo como pudiera parecer, a pesar de la supuesta obstinación del científico, quizá debido a una excesiva actitud positivista, por quitarse de encima aquello que no es propio de la ciencia. El amalgamiento es tan profundo que no parece fácil aplicar ninguna cirugía separadora.

Pero sí que puede estudiarse qué es cada cosa. Es a lo que se dedican muchos historiadores de la ciencia, en la línea de investigación que marcara Koyré en su momento, tratando de mostrarnos a) cómo el pensamiento científico nunca acaba de estar enteramente separado del filosófico; b) que especialmente los momentos más estelares de la ciencia, cuando se producen cambios sustanciales en ella, están determinados por cambios en las concepciones filosóficas; y c) que el pensamiento científico va siempre asociado a un conjunto de ideas o principios muy fundamentales de carácter filosófico. Es tarea, como ya digo, de los propios historiadores o de los filósofos de la ciencia descubrir o poner de manifiesto en qué consisten esos entramados tan fundamentales.

Mi tesis, querido lector, es que el propio científico no es muy consciente, la mayor parte de las veces, de que está trabajando bajo determinados supuestos fundamentales e, incluso, si alguno de ellos es el promotor de un gran cambio en ciencia, en él o ella se ha debido producir previamente algún cambio de posicionamiento filosófico. Por sintetizarlo en una metáfora o una imagen, tan valiosas para la ciencia, diría: concepciones o visiones diferentes del mundo van a ser determinantes para la formulación de nuevas teorías científicas.

En el prólogo que escribiera en 2013 para la obra póstuma de mi admirado filósofo y amigo Carlos Castrodeza “El flujo de la historia y el sentido de la vida: la retórica irresistible de la selección natural” dejo patentemente manifiesto el sustrato metafísico que subyace a la selección natural de Darwin, la gran tesis final de Castrodeza, en perfecta línea con Koyré.

Allí escribí lo siguiente: “Y es que Castrodeza, aun siendo un fiel aliado de la ciencia, en cuanto que es una actividad racional sublime, desveladora de la inefable, llega a la conclusión de que la ciencia no es ajena a una metafísica subyacente. Ninguna actividad humana es ajena al contexto ideológico de la época correspondiente, que permea o impregna cualquier práctica, por intelectual, racional o científica que pudiera parecernos.

Castrodeza llega a la conclusión, tras un detallado estudio del pensamiento de Darwin y su época, de que la obra del naturalista es perfectamente contextualizable en su época y que sus formulaciones, incluido el concepto de selección natural, encajan naturalmente bien en el pensamiento de la sociedad victoriana”.

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