PENSARC

Mi libro “Pensar desde la ciencia”, que se publicó en 2010, cuenta con tan solo ciento ocho páginas. Lo empecé a escribir en Agosto de 1992 y lo finalicé en Agosto de 2007; nada menos que quince años. Luego me llevó un par de años más el reestructurar el texto. Acabé dándome cuenta que lo que tenía escrito inicialmente en forma de ideario —libro de ideas—, en realidad era más bien un ensayo porque a lo largo de todos esos años iba y venía sobre el mismo asunto, a saber: la relación de la ciencia con el pensamiento en general, con la academia y con la sociedad. Además de unos aforismos y reflexiones breves que configuran el capítulo cuatro, los tres primeros abordan esas relaciones. Me di cuenta de que estaba configurando una filosofía pensando desde la ciencia. De ahí el título del libro y también el de la columna que escribo para Uds. columna que, en buena medida, es la continuación del pensamiento plasmado en él.

Con mucho atrevimiento por mi parte adelanté entonces la idea de que el hombre de ciencia, en su más pura esencia, acaba siendo un ser radicalmente melancólico. Comentaba algo que sigo sosteniendo: “Todavía no sé si afirmar que se llega a la ciencia por melancolía o que la asunción de la ciencia en toda su dimensión genera melancolía en quien la practica. La melancolía es un estado del ánimo, y en general se viene admitiendo que no se llega a tal estado en respuesta a una situación particular. El individuo deviene melancólico cuando su natural incapacidad para entender o darle sentido a su existencia se convierte en algo omnipresente”. Si para entender y explicar el mundo y nosotros mismos no se tiene o no se recurre a otros asideros que los de la ciencia, lo más probable es que acabemos melancólicos. Pero hacía referencia al principio de este párrafo al hombre de ciencia en su más pura esencia, que no es otra que la que corresponde a la forma en cómo los grandes científicos de todos los tiempos, y particularmente los que dieron origen a la ciencia en el Renacimiento, se han conducido en su indagación y cuestionamiento sobre el mundo. Ciertamente, el ver la cara positiva de la ciencia a través de sus logros y su contribución al bienestar o, más en particular, el éxito profesional o las recompensas en vida por los descubrimientos hechos o teorías formuladas, aceptadas o comprobadas, pueden proporcionar un apaciguamiento importante de la melancolía. Pero sostengo que tales asuntos son externos a la esencia propia del hombre de ciencia, el que se enfrenta al conocimiento del mundo y que, indefectiblemente, acaba recociendo, con sabor agridulce, lo mucho que queda por explicar y entender desde la ciencia.

Nos podemos quedar impresionados por los espectaculares avances de la ciencia, pero no debemos dejarnos apabullar por ellos. Apliquemos una justa medida que, en gran parte, va a depender de la propia formación en ciencia con que el ciudadano cuente para poder aquilatar adecuadamente los hallazgos científicos que se nos van anunciando. También se necesita una formación apropiada para discriminar adecuadamente entre lo que se comunica como descubrimiento fehaciente de aquello otro que podríamos denominar ‘las promesas que se nos hacen por lo ahora descubierto’. Esas promesas para el futuro más o menos inmediato muchas veces tienen más efecto sobre el ciudadano que el descubrimiento en sí, y forma parte del marketing de la ciencia presentar ambas cosas a la vez.

La realidad, querido lector, es que el océano que nos queda por descubrir es mucho mayor que la tierra firme que pisamos. Aunque es otro atrevimiento por mi parte, sostengo que la esencia del hombre de ciencia se aproxima o tiene similitud con la esencia del ser humano en general, el ser que vive permanentemente ubicado en la frontera —al hilo de la maravillosa filosofía de Eugenio Trías—, el ser que se mueve siempre en el límite entre lo que va conociendo y aquello que no alcanza a explicar, lo inefable. Pero vamos ganando terreno al océano del desconocimiento y la playa en la que siempre nos movemos es un terreno fronterizo que progresiva, pero indefinidamente, se va ampliando. Así es la ciencia y así el científico que la hace.

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