PENSARC

No voy a entrar en esta columna en el debate ético de si hay asuntos que la ciencia no debe investigar. Es una cuestión muy relevante y vinculada al tipo de sociedad donde la ciencia se desarrolla, y tendré oportunidad de reflexionar sobre ello en otro momento.

Aquí quiero ahora traer a discusión si existen o no límites absolutos a lo que epistemológicamente podemos llegar a conocer por la ciencia. Pareciera como si en algunos campos la propia ciencia haya podido llegar a determinar que hay asuntos que no podrán conocerse.

El principio de incertidumbre de Heisenberg, los teoremas de incompletitud de Gödel, la impredicibilidad en la teoría del caos, por poner tres ejemplos, parecen indicarnos que la ciencia misma ha llegado a plantear límites absolutos a aquello que podemos conocer o explicar. Ahora bien, si hacemos un recorrido sucinto por la historia de la ciencia nos encontramos con hallazgos tan pasmosos que nos pueden hacer dudar de la anterior afirmación.

Pongamos dos ejemplos. Primero, el descubrimiento de la tabla periódica de los elementos químicos, anticipando casillas en la misma de elementos todavía por descubrir cuando fue formulada por Mendeléyev y, segundo, cómo la investigación de las partículas atómicas fue avanzando hacia la formulación anticipatoria de partículas más elementales hasta concluir en aquellas que son definitivamente elementales –es decir, que no están constituidas por partículas más pequeñas-. Se trata de ejemplos alternativos a concepciones previas sobre supuestos límites.

A saber, no existir más elementos químicos que los que ya se conocían cuando el genial químico ruso propuso su tabla, o cuando se planteó el primer modelo atómico de composición fundamental de la materia en base a electrones, protones y neutrones.

Consideremos ahora el caso de los teoremas de Gödel. Ciertamente establecen que pueden aparecer proposiciones en un sistema axiomático que no pueden demostrarse como verdaderas o falsas a partir de los axiomas del sistema en cuestión. Pero sí cabe pensar, no obstante, en la formulación de un nuevo sistema que incorpore nuevos axiomas que faciliten la demostración de la veracidad de las mismas, aunque también es cierto que aparecerán otras nuevas proposiciones que quedarán nuevamente indemostrables, y así en una especie de regreso al infinito.

Querido lector, yo trato de presentar la ciencia como un modo de conocimiento aproximativo, nunca finalizado, de la realidad. Ya he tenido oportunidad de comentar en estas columnas que, frente a otras formas de conocimiento, la ciencia tiene la particularidad de que nunca acaba de darnos una visión definitiva de nada. Han sido frecuentes las manifestaciones en el pasado reciente de la ciencia en las que se indicaba que ya se había llegado al límite de lo que por la ciencia podría conocerse e, incluso, que ya no habría nuevas teorías que aportar en según qué terrenos del conocimiento científico.

Tales proclamas se vinieron abajo. La ciencia está siempre generando conocimiento fronterizo, ganando terreno al océano del desconocimiento. Personalmente me gusta pensar que se trata de un movimiento continuo que, estrictamente hablando, procede por aproximaciones sucesivas, algunas de ellas realmente revolucionarias con respecto a teorías previas. No existe contradicción entre mi afirmación de aproximación sucesiva y el surgimiento de cambios profundos en lo conocido.

Lo que es sucesivo, sistemático, es el hacer de la ciencia. Nunca se conforma, siempre está en disposición de abrir un nuevo camino, de ganar terreno a lo desconocido. De ahí que sea intrínsecamente equivalente hablar de ciencia y de conocimiento de frontera. En la medida en que es infinito todo aquello que dista por ser conocido, también podemos manifestar que la ciencia es infinita y que, por lo tanto, admite ser considerada como un modo de conocimiento sin límite. Lo infinito por conocer hace que la ciencia no tenga límite.

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