PENSARC

Los atenienses se reunían en el ágora para discutir sus leyes y decidir el futuro político de su ciudad. Allí podían participar y ganaban los debates aquellos que dominasen el arte de la oratoria, el arte de convencer. No es un arte rechazable siempre y cuando su práctica se base en el ejercicio de la razón encaminado a la búsqueda de la verdad y el bien común. De no ser así la oratoria se transforma en el arte de la demagogia. En el ágora ateniense aparecieron también, en buena medida como reacción, aquellos otros que entendían que la razón y la sabiduría debían prevalecer sobre la demagogia. Valía la oratoria al servicio de la razón, pero no la razón al servicio de la oratoria, el convencer con independencia de la verdad o del bien común.

En una sociedad como la actual, gracias a las tecnologías de comunicación, cabe pensar en un ágora global donde participar en la toma de decisiones. Pero: ¿cómo nos podemos proteger contra la oratoria demagógica?; y, probablemente más importante: ¿cómo podemos participar en la toma de decisiones recurriendo a la razón en la búsqueda de la verdad y el bien común? Las nuevas tecnologías alimentan la transición de una democracia delegada a otra participativa, pero, al mismo tiempo, también nos exponen a la demagogia.

Querido lector, sostengo que la instrucción en ciencia es fundamental para blindarnos frente a la demagogia, para hacer de nosotros ciudadanos libres y sujetos implicados en la toma de decisiones con sentido crítico en una democracia participativa. Ahora bien: ¿cuánta instrucción en ciencia debemos recibir para lograr tales objetivos? Porque algún criterio deberemos aplicar para seleccionar de entre toda la instrucción posible, probablemente inabarcable, aquella parte de la misma que nos permita tener una presencia crítica en una sociedad participativa. Con el nacimiento de la ciencia surge, tal y como afirma Heidegger, un modo nuevo, irrenunciable, de acercarnos y tratar al mundo, modo que difiere, aunque complementa, a modos previos no científicos tales como los filosóficos, artísticos o teológicos.

Es radical la necesidad de instrucción en ciencia en el mundo en que vivimos, pues gracias a ella nos sostenemos y podremos pervivir. El desconocimiento de los detalles de los entes que la ciencia nos facilita guarda cierto equivalente con la falta del sentido crítico necesario para la toma de decisiones. El resto de modos de conocer el mundo tiene carácter más esencial y nos proporciona un grado variable de alivio existencial. Pero es el entendimiento del mundo por la ciencia quien nos brinda pautas sobre cómo debemos actuar en un entorno cada vez más repleto de sus productos, incluidos los tecnológicos. El corolario es que ambos modos, el científico y el no-científico, nos son necesarios, pero, así como los modos filosófico, artístico y teológico son totalizadores, el de la ciencia es acumulativo y detallista. Cambios en las intuiciones, reconstrucciones y cosmovisiones fundamentales son la norma de acción de aquellos modos; el de la ciencia, por el contrario, se basa en la comprensión y explicación de los detalles.

La ciencia es mucho más moneda común, es comunal, en la sociedad democrática participativa que los modos no-científicos, mucho más elemento de transacción, discusión y acuerdo, surgiendo en buena medida de fuera hacía dentro de los individuos. Los modos no-científicos surgen más de dentro hacía fuera, son más íntimos y contribuyen a calificarnos en la radical singularidad de cada uno de nosotros. En todo caso, tanto por su singularidad como por su comunalidad, el ciudadano debe pertrecharse, instruirse, en ambos modos para así ser participe activo y crítico en una sociedad democrática.

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