Red Sparrow (Gorrión rojo, 2018) es la última película del director austríaco Francis Lawrence, conocido por películas como Constantine (2005), I Am Legend (Soy Leyenda, 2007) y la saga The Hunger Games (Los juegos del hambre, 2013-2015); de hecho, fue a partir de En llamas cuando empezó a trabajar con Jennifer Lawrence.

La actriz da vida a Dominika Egorova, una primera bailarina del Bolshói que tras una grave lesión es reclutada por su tío, Vanya Egorov (Matthias Schoenaerts); para trabajar como espía a las órdenes del servicio secreto ruso. En su principal misión conocerá al agente de la CIA Nate Nash (Joel Edgerton) con el que inicia una relación amenazada por la mentira, la traición y la sombra de sus Estados.

Sin embargo, la trama de espionaje no es el principal valedor de sus imágenes. Como ya ocurría en Notorious (Encadenados, Alfred Hitchcock, 1946), la puesta en escena, los encuadres y la composición de los planos nos revelan un tratamiento inquisitivo del cuerpo. Esto es enfatizado a través del montaje que, desde la primera secuencia del filme (en paralelo), contrapone y aúna los espacios y cuerpos de Dominika y Nate, ella bailando en el Teatro Bolshói, él en una persecución por las calles moscovitas.

Si bien, la paleta de colores se rige al principio por colores cálidos en espacios luminosos o glamurosos como el teatro Bolshói, el proceso de deshumanización y el mundo del espionaje profesional lucen mucho más lúgubres y fríos. La luz se vuelve más o menos cálida según la posición emocional de Dominika, construyendo así una atmósfera ambigua que envuelve a la protagonista y sus ambiciones en una dirección que explota el género de espías y desarrolla lo identitario alrededor de una pregunta: ¿qué pretende realmente Dominika?

El cuerpo: campo de batalla

Todo el film gira en torno a la concepción del cuerpo como un espacio donde lo público y lo privado establecen una lucha sin cuartel. El reclutamiento de gorriones consiste en arrebatarle al individuo su cuerpo para ponerlo al servicio del Estado, deshumanizándolo a través de un curso de disciplina radical. En este, el sexo se utiliza como una categoría de las relaciones de poder. La primera reacción de Dominika es el rechazo a perder su identidad, pero en esta fractura identitaria, donde el cuerpo deja de pertenecerle en su totalidad, comprende que necesita ceder ese espacio para poder sobrevivir. De este modo, después de un intento de violación por parte de otro gorrión, es obligada en clase a mantener sexo con su agresor. No obstante, Dominika aplica su conocimiento para anular al adversario, al mismo tiempo que confirma la tesis: el hombre no quiere placer, quiere poder sobre ella.

Los gorriones son armas fundamentales para el Estado debido a su conducta disciplinada, pero a cambio ceden su cuerpo, por lo tanto, su espacio político inmediato adquiere otro significado. Ceder el cuerpo supone también una nueva identidad (nuevo nombre), dejar atrás los lazos familiares y toda vida anterior. La naturaleza heroica y resiliente de Dominika se sustenta sobre la delgada línea entre perder su voluntad, como mera herramienta del Estado, y el empoderamiento a través de su cuerpo, formando su propia identidad.

En este punto, la elección de Jennifer Lawrence para este papel cobra un nuevo significado. Como ya han apuntado otros críticos como Alberto Lechuga o Roberto Morato (Imágenes de Actualidad, marzo), la filtración de las fotos privadas de la actriz en 2014 supuso una violación de su privacidad, una supresión de su cuerpo, que pasó a ser de conocimiento público. Con este filme, J-Law se reapropia de su cuerpo. Los desnudos de dicha escena son tangenciales y fríos, se coloca en una posición de poder frente a lo público (tanto diagéticamente como extradiagéticamente).

La Madre Rusia: “¡Qué gran familia tengo!”

Dentro de la dicotomía público-privado, el filme también discurre sobre la familia-Estado. Desde el inicio del filme sabemos que Dominika tiene una madre minusválida y que el Bolshói le da cobertura médica y paga su vivienda. Tras el desencadenante de la acción (la lesión), el Estado –Vanya como representante de la faceta más oscura de este– aparece para reclamar sus servicios a cambio de mantener a su madre. Es aquí donde surge una analogía entre la nación protectora de todos sus ciudadanos y la familia como enclave fundamental del relato. Un nexo basado en la violencia estructural y también en la explícita.

Por medio de Vanya se introduce un matiz extra, la perversidad de su mirada sobe Dominika. En primer lugar, Vanya es un personaje que pese al parentesco es ajeno a su familia. Aunque también funciona a modo de padre ausente y mesiánico para la cara más débil de Dominika. En segundo lugar, el subtexto señala un acercamiento sexual por parte de Vanya hacia su sobrina que también existía en el pasado y se desarrolla al enviarla a la Escuela de gorriones –o como la propia Dominika la denomina “a whore school”–. El poder que ejerce Vanya sobre ella es el del Estado capaz de violentar y exponer a la muerte a sus ciudadanos.

Por lo tanto, el filme traza una línea entre lo público y lo privado forjada en una mirada sexualizada del Estado hacia el individuo, que es revertida a lo largo de la película por Dominika. ¿Pero lo logra realmente? La situación final de Dominika es la de haber dominado lo privado, pero no lo público. La venganza sobre su tío le otorga el poder sobre la esfera privada, sin embargo, su situación como heroína y doble agente dentro del Estado la mantiene en su posición inicial, con el agravante de haber roto su relación con Nate.

En definitiva, Francis Lawrence muestra cómo el Estado capitalista (en el caso ruso, en su aspiración autoritaria) reduce los cuerpos a una guerra política donde solo hay posibilidad de victoria en lo privado, insertando al individuo en una imagen dilatada por la ambigüedad de sus actos.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.