Sobre el progreso

PENSARC

Aunque aparecen con la Ilustración en el siglo XVIII, en el siglo XIX se consolidan como ‘progresistas’ aquellos que tienen actitud o disposición para encarar transformaciones sociales. ‘Progreso’ era una palabra muy connotada y, de su mano, bajo su amparo, se asociaban grupos de intelectuales, se creaban sociedades de amigos, cafés, teatros, etc., con diferentes variantes del mencionado término. En aquel siglo había una cierta convicción de transformación direccional, no necesariamente dirigida por nadie en particular, sino producto de unas fuerzas colectivas que conducían a una mejora de la sociedad en su conjunto. Porque el término ‘progreso’, sin entrar en consideraciones adicionales sobre cómo medirlo o cómo tener evidencia empírica y contrastable de su existencia, implica cambio hacia mejor, aumento con incremento sistemático de aquello que fuera medido, como la riqueza, el bienestar social, la no violencia, por citar algunos.

Ya se encargó el siglo XX de mostrar la ingente cantidad de dudas que se podían plantear contra el progreso, contra, en una palabra, el perfeccionamiento de la sociedad civil al haber sido testigo, entre otras cosas, de dos guerras mundiales. Pero quedaron posos importantes, particularmente la referencia a aquellos que se consideraban progresistas frente a aquellos otros partidarios de la no movilización o, en otras palabras, conservadores. A día de hoy sería difícil mostrar, en el ámbito de las ideologías o de la política, qué diferencias existen entre conservadores y progresistas, aunque probablemente sea una mejor dicotomía para entender actitudes frente a la vida que la que existe entre derechas e izquierdas, máxime cuando en el espectro político se introduce la noción o idea de ‘centro’.

Aunque hemos pasado de la convicción del XIX de que existe progreso, a este otra de que el progresismo consiste en la actitud y lucha por introducir cambios orientados a la mejora social, pero solamente, repito, como actitud vital, más recientemente ha vuelto, con fuerza renovada, esta vez sostenida con datos de todo tipo que parecen avalarlo, que la sociedad humana progresa al amparo de los ideales de la Ilustración del XVIII, la razón y la ciencia.

Pero, ¿qué pasa con el progreso biológico? ¿Existe? Porque podemos indicar que, al igual que es discutible si hay o no evidencias netas de progreso social humano, a pesar de lo que acabo de indicar, probablemente también podamos arrojar dudas sobre el progreso o perfeccionamiento biológico. Del mismo modo que ocurriera con la idea de progreso social, pasando el progreso a ser una actitud o disposición frente a la vida, se podría decir también del progreso biológico. Darwin veía progreso en la evolución, al igual que Huxley o, más recientemente, Ayala o Dawkins. Por el contrario, mi admirado Gould se empeñó en demostrar que el progreso biológico no era otra cosa que prejuicio antropológico, en buena medida una proyección de las ideas del progresismo del siglo XIX sobre la propia evolución biológica para dejar claro que, si existía progreso de la humanidad, también era progreso lo que la evolución ha hecho llegando hasta el hombre como producto de su dinámica. Pura ideología, sentencia Gould.

Gould, no obstante, no resuelve desde la ciencia el tema del progreso; solamente, y no es poco, lo critica como ideología antropocentrista. Pero si el progreso existe, si es algo intrínseco en el devenir del mundo, tanto el biológico como el cultural, nada impide pensar que ese producto de la evolución biológica al que llamamos ‘hombre’ pueda ir más allá de sí mismo; algunos datos parecen apuntarlo. Si no existe un techo o límite al progreso biológico, al igual que tampoco al perfeccionamiento o mejora de la sociedad, el ir a mejor en ambos, sea esto lo que fuere, nos puede llevar más allá de nuestra propia biología, más allá de nuestra propia sociedad. En realidad, querido lector, y en resumen, nos sigue faltando mucha más ciencia en relación a ese endiablado asunto que es el progreso.

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