Descubrimiento frente a reconocimiento

PENSARC

Un real y universal resultado de la práctica científica es el descubrimiento. Real, porque en ello se basa la ciencia, y universal en el sentido de que aplica a todo aquel que dice llamarse científico. No se es científico si no se descubre. No puedo imaginar en el quehacer de quien así se considera que no haya descubierto ‘algo’, por insignificante que pudiera ser la contribución. No se trata exactamente de una norma, sino que la propia disposición del que hace ciencia, la forma en cómo se dirige con su método al estudio de la insondable naturaleza, le lleva obligadamente al descubrimiento.

Ciertamente, como todo en la vida, la calidad o la relevancia de lo descubierto hace diferentes a unos científicos de otros en lo relativo al avance de la ciencia. Los recursos para continuar la investigación, el reconocimiento o los premios logrados, en estricta objetividad, debieran venir por riguroso orden de relevancia de los hallazgos. Ahora bien, es la propia sociedad, o la propia estructura de la ciencia quien, externamente al propio científico, le gratifica. El científico, internamente, debe saber discriminar y estar alerta en lo que persigue: descubrir frente a ser reconocido.

La relación que existe entre el que investiga la naturaleza y la naturaleza misma es una relación de descubrimiento. Puede que tarde en llegar, o que lo descubierto sea una sucesión de pequeños avances. Pero lo que se experimenta con ello es puro gozo, probablemente proporcional a la relevancia o la grandeza de lo descubierto. Desconozco la existencia de algún instrumento que pueda medirlo, aunque algún papel debe jugar las endorfinas cuando se nos disparan tras haber resuelto o descubierto alguna cosa.

El descubrimiento científico forma parte de otro más general, el de la creatividad que, en síntesis, es una característica de nuestra especie. Somos seres creadores, forma parte de nuestra esencia ser creativos, y la ausencia de tal ejercicio en nuestras vidas nos cercena o nos frustra de algún modo. En eso los científicos no se diferencian mucho de otros colectivos que, por ejemplo, en lugar de escudriñar el mundo, lo piensan o lo recrean.

No se puede entender al científico en su universal sentido sin la presencia del descubrimiento y el goce que provoca. Es una acción primaria, fundamental. Conviene no olvidar que es esto lo que mueve al científico a finalmente serlo y no confundirlo con el goce o la satisfacción que pueda obtenerse por otras vías no tan esenciales o fundamentales, por ejemplo, la participación en grandes consorcios, formar parte de equipos muy prestigiosos o reconocidos, disponer de grandes fondos para la investigación, la publicación de los resultados en las revistas más importantes o la visibilidad mediática.

El descubrimiento y el reconocimiento, que en eso pueden resumirse las otras vías mencionadas, son dos cosas bien distintas, aunque ambas promuevan el goce, pero solamente el primero debiera ser el objetivo perseguido, por ser fundamental o consustancial a la ciencia; el segundo es sobrevenido, si es que viene. Aunque parezca una obviedad lo que acabo de mencionar podría sorprendernos comprobar que, a muchos científicos, llegado determinados momentos en sus vidas profesionales, les mueve más la búsqueda del reconocimiento que el descubrimiento. Sin embargo, el observar la actitud, la disposición por seguir descubriendo es algo bien notorio en los grandes científicos de todos los tiempos.

Una última reflexión, querido lector. La lectura y el estudio de las grandes obras de los primeros científicos puede ayudarnos a entender muy bien el compromiso de la ciencia con la búsqueda de las leyes fundamentales de la naturaleza, con independencia de si los descubrimientos fueron grandes o pequeños. Volver a los orígenes tiene unos sanos efectos para no perder la perspectiva de lo que en ciencia debe perseguirse en primera instancia: descubrir.

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