KIM

Vivimos en una era de simulación donde la prioridad es “apantallar” a un grupo anónimo que consideramos nuestros “amigos” y nuestra valía, belleza y popularidad depende de sus likes y aceptación.

No importa ser, sino parecer. Legiones de idiotas que buscan tomarse una fotografía que muestre su felicidad absoluta al subir al avión, comer, llegar a cualquier evento. Todos llenos de filtros y ediciones, tratando de ser Tumbrl, cuando en realidad somos unos inseguros, acomplejados e insatisfechos que no nos aceptamos ni en fotografía.

Orejas y lengua de perro, ojos grandes, cabellos de colores y muchos autorretratos inundan las redes sociales. No sólo son niños o adolescentes, también adultos que han entrado a esta tendencia de ridiculizarse un poco y contemplar una versión mejorada de sí mismos.

La exhibición es una práctica necesaria. Hacernos notar por una foto, demostrar que estamos en determinado sitio haciendo cosas que a nadie le interesan. ¿En qué momento creímos que a los demás les importa que comemos, como vacacionamos o con quien amanecemos?

Mención  aparte merecen aquellas que en un gesto de “humildad sin precedentes” deciden hacer la selfie sin maquillaje (Ajá, ¡horas de filtros!) y con un característico hashtag  #nomakeup, #sinfiltros ¿hay alguien que lea los 400 hashtags que acompañan a estas ridículas imágenes?

Convertidas en un intento de “influencers” pueden tomar cientos de fotografías para “descubrir” la mejor y proceder a un trabajo de edición digno de un premio internacional al mejor disfraz de la temporada.

Selfies, selfies y más selfies. Poses ridículas y antinaturales. Imágenes donde imitan a algún pensador, fotografías donde parece que no se habían dado cuenta tipo “me sorprendió el paparazzi” ¡Ajá!

Un estudio realizado por la International Journal of Mental Health and Addictiondeterminó que este deseo obsesivo compulsivo de tomarse fotografías y publicarlas obedece a la falta de autoestima y vacíos en la intimidad. El estudio tipifica el comportamiento como trastorno psicológico y adictivo.

Antes me daba pánico imaginar ir a una cita excesivamente maquillada y peinada y que cuando las personas me vieran en realidad dijeran “qué espanto”; no me imagino la desilusión de ver a una mujer editada, con filtros, cintura excesiva, piernas más largas, rostro afilado y un largo etcétera que nos convierte en algo que no somos. ¿Podríamos tipificarlo como engaño?

Las selfies se han convertido en una especie de contaminación visual, donde hasta ha habido muertes con tal de preservar la acción de aparentar y demostrar y nuestras redes sociales en un catálogo de Avon donde el producto en venta somos nosotros.

Mark Twain decía que “una fotografía es uno de los documentos más importantes, y no hay nada peor para pasar a la posteridad que una tonta, estúpida sonrisa capturada y fijada para siempre”. ¡Bienvenido a la posteridad con orejas de perro!

Continuamos nuestra conversación por redes en twitter en @kimarmengol

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