Por: Andrés Moya

Stephen Hawking y Leonard Mlodinow afirman en la primera página de su libro de “El gran diseño” (2010) que “… la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. En nuestra búsqueda de conocimiento los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento”. La afirmación es tan arrogante y tan cargada de desconocimiento sobre la filosofía en su totalidad, dada su escasa verdad, que cuesta entender o dar una explicación de los motivos que asisten a quienes la formularon.

La denominada “tercera cultura”, viene a ser exactamente eso que se indica en la frase de Hawking y Mlodinow, que la posición ocupada por el intelectual clásico, cuyo exponente máximo o canónico podría ser el filósofo, está siendo reemplazada por la del científico. En algunas otras de mis columnas en “Pensar desde la ciencia” ya he tenido oportunidad de comentar que, en efecto, el mundo, incluido el de las ideas, tiene apariencia darwiniana y que unos colectivos compiten con otros por detentar “la antorcha del conocimiento” y de ser los encargados con su pensar de venir a darnos la explicación y el sentido a nuestras vidas. Aunque yo mismo reclamo para la ciencia la posibilidad de entrar en la arena de la discusión y la reflexión sobre las grandes cuestiones, creo que nos hacemos un flaco favor si pensamos que las diferentes formas de conocimiento y acceso a la comprensión del mundo están tan en competencia que, finalmente, unas acaban reemplazando a otras.

En realidad, no lo están. En una lectura competitiva de la historia del pensamiento podemos llegar a tener la impresión de que determinadas corrientes, tradiciones o escuelas interpretativas de las grandes cuestiones relativas a la existencia acaban desapareciendo por competencia con otras cuando, en realidad, vuelven a aflorar en momentos posteriores con renovado vigor. Lo importante es tener conocimiento de ellas, pensarlas, porque ese ejercicio constituye una gran fuente donde alimentar nuestra propia creatividad. El exclusivismo no es la mejor forma de entrar en la arena del pensamiento fundamental.

La filosofía dista mucho de haberse alejado de la ciencia, aunque algunas de sus corrientes seculares hagan caso omiso de la misma. En realidad, son corrientes próximas a la crítica de la razón, siendo la ciencia una más de las actividades donde la razón prima. Pero, por otro lado, mi argumento contra la arrogancia del científico, que no de la ciencia, viene de su propia limitación en el acceso al conocimiento final o definitivo del mundo. Mi vía a la tercera cultura es bastante más conciliadora con lo que otras tradiciones y formas de pensamiento, también basadas en la razón, tienen que decirnos sobre las grandes cuestiones. Y bien vale la pena prestarles la debida atención si deseamos, como comentaba anteriormente, seguir fomentando el sentido crítico y el espíritu creativo. En realidad, creo que la tercera cultura debiera ser el puente que comunica, real y efectivamente, las ciencias y las humanidades.

En la misma página introductoria, Hawking y Mlodinow afirman también que: “El objetivo de este libro es proporcionar las respuestas sugeridas por los hallazgos y los progresos teóricos recientes, que nos conducen a una nueva imagen del universo y de nuestro lugar en él, muy diferente de la tradicional…”. No dudo que la imagen pueda ser nueva, pero: ¿solo hay una imagen tradicional alternativa a la que enfrentar la nueva? Falso, hay muchas. Y, por otro lado: ¿qué garantías tenemos, a la luz de la ciencia actual, que la imagen nueva que nos brinda sobre el Universo no vaya a ser desplazada por otra en un futuro más o menos inmediato? Con casi total seguridad auguro, querido lector, que sí, que habrá una nueva explicación del Universo, porque la ciencia opera por aproximaciones sucesivas, sin descartar de vez en cuando teorías revolucionarias inimaginables ahora mismo.

Deja un comentario