Por: Miguel Angel Maciel González

Ayer en el tercer debate entre los candidatos a la presidencia de la república; Ricardo Anaya Cortés de la Coalición por México al Frente, haciendo alarde de su condición de pos-millnenial o de adolescente tardío, sacó de su bosillo del pantalón derecho un celular sin pila (como ha sido su campaña y su conocimiento de las necesidades nacionales) y con lujo de seguridad y de violencia simbólica en la hora con veintiun minutos, menciona: “un aparado como estos (refiriéndose al celular) le sirve a un campesino para revisar los precios de una cosecha”.

Ante esa declaratoria, lo que me parece que no ha pensado Anaya son varios aspectos que hay que puntualizar a manera de preguntas:

¿Hay un diagnóstico de las necesidades personales y productivas del campesino? ¿Sabe en qué condiciones vive, cómo es su casa, sus herramientas de trabajo, en síntesis su día a día? ¿Las instituciones supuestamente democráticas del estado mexicano les preocupan lo que hace un campesino? ¿Se ha aprovechado en alguna ocasión el conocimiento del campesinado? ¿Sabe cómo está su labor frente a los agricultores de Estados Unidos ahora que se renegocia el TLC?.

Tengo la impresión, no sólo de que no se hace tales cuestionamientos, sino que todavía más preocupante, no sabe en qué país vive. Estos aspectos no sólo se definen por el hecho de que clase proviene o el estatus social al que está acortumbrado, sino porque representa un tipo de proyecto que en nada tiene que ver con las necesidades y problemas que tiene una nación, sino más bien por el hecho de que está de lado de las elites nacionales e internacionales que a toda costa intentan impulsar un modelo de desarrollo basado en la eficientización de procesos y en la desestructuración de las culturales e identidades de un pueblo o de un país.

Voltear a mirar lo que ocurre en los terruños, en los pueblos, en la aridez de las tierras, nos puede nuevamente a hacer sensibles con quienes desde hace tiempo nos dan el alimento y que gracias a ellos, tenemos la inteligencia para escribir, pero sobre todo para vivir.

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