Por: Andrés Moya

Lo que caracteriza a la ciencia, ante todo, es el desvelamiento sistemático de las cosas del mundo, los entes. La ciencia proyecta con su método un haz de luz sobre los entes para escudriñar en su realidad. Es posible que no pueda descubrir la esencia de los mismos, lo que son, pero tiene la gran virtud de entrar en sus recovecos con todo lujo de detalles e ir aclarándonos su estructura. Las intuiciones pueden ser mejores o más apropiadas para captar la esencia de los entes, pero el intuir lo que son no nos capacita para dominarlos porque, al contrario que la ciencia, la intuición esencial no llega a los detalles necesarios para tal dominación.

El que la intuición sea una forma directa de captación de la esencia de los entes es algo que nos debe dar que pensar, porque de alguna forma estamos conectados con ellos; son en la medida en que los vemos o los intuimos. Pero no porque tengamos una preeminencia especial sobre los mismos, sino porque nos une a ellos un doble principio de materialidad y de evolución que nos permite estar maravillosamente conectados con aquello cuya intuición pretendemos. ¿Para qué la ciencia, entonces? El entramado de los entes no se desvela por medio de la intuición de su esencia. La ciencia, en cambio, contando con un procedimiento por aproximaciones sucesivas entra en sus detalles.

Sin pretender llegar a esencia alguna, la ciencia nos dice progresivamente más y más sobre los entes que conforman el mundo. Es una forma de conocimiento que no pretende decir en qué consiste la esencia de nada. Pero, por el contrario, toca, escudriña, entra sistemáticamente en la tesitura de lo que es captado por la intuición. Prácticas de captación de la esencia son la fe o el arte. Ir tras la esencia de los entes es algo que queda bien reflejado en la actividad de creyentes y artistas. Se aperciben del mundo y, en un ejercicio de suprema abstracción, plasman en una obra física o a través del recogimiento interior, la última esencia de lo intuido. Por otro lado, no es algo transmisible, enseñable. Forma parte del dominio de lo particular, de lo íntimo, y el solipsismo que ello comporta es una de sus más relevantes identidades.

La ciencia es otra cosa. En realidad, es ajena totalmente al solipsismo. La ciencia comparte, por definición. Lo que con su método se aprende es totalmente reproducible. La ciencia se aproxima a la realidad, y la hace comunicable. La ciencia nos ofrece un mundo compartible. Con la ciencia nos podemos entender fehacientemente; siempre podemos estar seguros de que a través de su lenguaje y de sus descubrimientos disponemos de una moneda de cambio para entendernos.

En ciencia siempre sabemos de lo que hablamos. No sería científico si lo comunicado fuera de dudosa interpretación. No es que no exista una cierta zona dudosa, confusa, que de facto se presenta en toda puesta en común. Es que de lo que se trata es de clarificar la oscuridad, lograr que lo que se establece sea común a todos. Cuando se compara con otros ámbitos de actividades aglutinadoras, lo que se aprecia es que el consenso en ciencia difiere del consenso en esas otras prácticas. La comunidad de acuerdo en ciencia es profunda y arraigada, intrínseca. Todos y cada uno de los llamados saben que se entienden sobre aquello de lo que hablan.

Esto no puede decirse de otras prácticas comunales porque o bien derivan de unas normas que les impelen a comportamientos similares, o bien creen haber llegado a posiciones similares que, en realidad no pueden contrastarse si lo son. Si se trata, por ejemplo, de las prácticas religiosas, las normas se convierten en los estándares, pero no existe forma de contrastar que la aprehensión de las esencias que la fe les aporta sea de la misma naturaleza en todos. Peor es incluso en la actividad artística, donde solo es circunstancial o esporádico el que los agentes implicados, aun participando de la misma ortodoxia, crean hablar de lo mismo cuando se comunican.

El lenguaje de la ciencia, incluidas las matemáticas, es genuinamente universal. Está en permanente elaboración y se construye bajo la pretensión de universalizar el secundario acceso a la naturaleza de los entes. Concedo que la aprehensión científica pueda ser de peor calidad, siempre aproximativa, nunca definitiva. Pero tiene la gran cualidad del mundo compartido, del mundo entendido por igual. No obstante, querido lector, ni es un mundo definitivo, ni es el que todos esperamos para dar sentido último a la existencia.

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