Por: Andrés Moya

A finales de septiembre de 2017 me invitaron a participar en un libro en defensa de la enseñanza de la Filosofía en la educación secundaria que, en España, ha sido relegada a materia optativa. Lo que aquí expongo, querido lector, son algunos de los argumentos que extraigo del texto que escribí para el citado libro. Me invitaron los editores, profesores de centros de enseñanza secundaria, para que, como científico, diera mi opinión sobre la necesidad de impartir materia tan fundamental, si es que así lo consideraba. Ya lo creo que lo considero.

La Filosofía es previa a cualquier especialización donde un o una joven pueda orientarse por propia capacidad o devoción. La Filosofía es el instrumento ideal para la consolidación de un yo en maduración y, por tanto, tiene finalidad en sí misma precisamente en esa edad tan trascendente que se corresponde con la del bachillerato. Al contrario que disciplinas particulares o especiales, la Filosofía no parte de instrumentos concretos, a excepción del estudio de las grandes corrientes del pensamiento, como vía para la ejercitación de la razón. La Filosofía, en el bachillerato, es un instrumento en sí. Estudiarla comporta el mejor procedimiento contra el adoctrinamiento. Nadie que la estudie puede decir que, fruto de su práctica, acaba uno convirtiéndose en un aborregado miembro de una sociedad que pretende, en su inconsciente más o menos colectivo, adormecer a sus ciudadanos. Porque en Filosofía, es verdad, se presentan tesis antagónicas, con la notoria particularidad, eso sí, de que todas ellas son fruto de adecuados, a veces sinuosos, ejercicios de la razón. Aunque los sistemas filosóficos hay que contextualizarlos históricamente, el razonamiento se entrena estudiándolos en la medida que uno llega a entender qué asiste a un nuevo sistema para, supuestamente, superar al otro. Luego se va aprendiendo que no existe tal cosa que la superación y lo que nos va quedando es un poso que nutre nuestra forma de juzgar las cosas, el mundo en general. Y justo en el mejor momento en que puede hacerse: cuando ese o esa joven está conformando su personalidad.

La Filosofía, repito, es previa a cualquier recorrido de especialidad. No acabo de entender esa manía formadora en la educación secundaria que lleva a recorridos alternativos, al menos en España, a distinciones entre lo humanístico, lo artístico, lo científico o lo tecnológico y, muchos menos, en efecto, en esa ventana de edad tan fundamental que es la adolescencia. El criterio que debe primar para la educación es la universalidad, el estudio general. Es innecesario recordar que de lo que se trata es de que el estudiante desarrolle sus dotes creativas y críticas, así como el incremento paulatino de su bagaje cultural. El dato no es irrelevante en modo alguno, y bien adobado en la puesta en escena por parte del profesor con procedimientos para la creatividad y la crítica, el dato se convierte en el feliz punto de llegada. Para ello debe sumergirse en un puñado de disciplinas concretas que yo agruparía en cuatro grandes categorías: Filosofía, Lenguas, Arte, Literatura e Historia y Ciencia, Tecnología y Matemáticas.

Aquello de lo que debe revestirse la citada culturización del estudiante en modo alguno debe interpretarse como adoctrinamiento o amansamiento social. La base de toda transformación y evolución social radica en el fomento y el desarrollo de la creatividad y el sentido crítico de los jóvenes estudiantes en la secundaria. Y para ello: ¿qué mejor herramienta que la Filosofía para poner en práctica tales cualidades? ¿Cómo, entonces, puede pasar a ser impartida como una materia optativa en un recorrido curricular particular? Es una contradicción en sus términos. La universalidad y el estudio general a los que hacía referencia más arriba exigen que la Filosofía sea una de las piedras angulares de la formación de un joven o una joven, no tanto por sus contenidos —aunque es por el estudio de su historia cómo se ejercitan— sino por la capacidad de que nos vamos a dotar para hacer juicios, para el ejercicio de la racionalidad como un todo.

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