La ciencia en los tribunales

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Por: Andrés Moya

El 14 de mayo de 2007, en la ciudad de Valencia (España), un tribunal dictó sentencia contra un médico anestesista al que se le culpaba de haber sido el responsable y causante del contagio a 275 personas del virus de la hepatitis C. En la página 207 de la sentencia se indicó que se considera probado que:

“—Hay un número elevado de personas cuyo contagio del virus de la hepatitis C ha de atribuirse a determinada intervención quirúrgica o de actuación médica u hospitalaria.

—El único nexo en común entre todas estas personas e intervenciones quirúrgicas u hospitalarias es la actuación del procesado como anestesista.

—El procesado es portador del virus de la hepatitis C, y del mismo genotipo (1a), minoritario o infrecuente en España, que el que presentan dichas personas.

—La única manera en que pudo transmitir el procesado el virus de la hepatitis C a aquellas personas es por vía percutánea o parenteral.

—Hay elementos de prueba que evidencian que el procesado hacia un uso irregular de los fármacos opiáceos empleados en las intervenciones quirúrgicas y el de los servicios de cuidados intensivos y que apuntan a que los utilizaba para sí.”

En esa misma página, los jueces indican también que:

“Y, como ya decíamos con anterioridad, habiendo concluido en que el procesado desarrollaba la conducta por que viene acusado el mismo en esta causa —el utilizar de forma percutánea para sí el material y drogas anestésicas, compartiendo su uso con los pacientes y contagiándoles el virus de la hepatitis C de que es portador, al inocularles también de forma percutánea los fármacos contaminados con dicho virus—, para determinar a los sujetos pasivos o víctimas de esta conducta ha de estarse a la prueba pericial genética”.

Estimado lector, el profesor Fernando González Candelas y yo fuimos los responsables de aportar, junto a un gran equipo de trabajo bajo nuestra dirección, la citada prueba pericial genética, cuya investigación, ordenada por el juez que instruyó la causa y financiada por la Consejería de Sanidad de la Comunidad Valenciana (España), nos llevó nada menos que nueve años.

El anestesista se contagió con el virus antes de 1988 y los pacientes a los que intervino contrajeron el virus con posterioridad a ese año. Recurriendo a procedimientos bien contrastados en el campo de la evolución biológica y, en particular, en la de los virus, fuimos capaces de demostrar que el parecido que los virus de los pacientes tenían con el virus del anestesista era mayor que el que tenían con cualesquiera otras personas portadoras del mismo, pero totalmente ajenas al brote epidémico. Por otro lado, y esto fue determinante en la causa judicial, fuimos capaces también de datar, sin conocer de antemano la fecha en la que los pacientes habían sido intervenidos, la fecha probable del contagio. En muchas de las ocasiones llegábamos a dar la fecha probable con un error mínimo con respecto a la de intervención. En efecto, si un paciente había contraído el virus en un momento determinado por la acción del anestesista en la forma en que se recoge en la sentencia, el virus iría mutando a lo largo del tiempo en ese paciente, aumentando gradualmente su variabilidad genética. Recurriendo a la secuenciación nucleotídica de determinadas regiones del genoma del virus y de metodologías propias de la evolución molecular, pudimos hacer una estima de a qué velocidad evolucionaba y, por lo tanto, en qué momento pudo haberse contraído la infección en función de la variabilidad genética que había acumulado el paciente desde que contrajera la infección.

Nunca olvidaré las caras de asombro de los abogados, jueces y resto del personal asistente al irse comprobando la extraordinaria coincidencia entre la fecha probable de contagio de los pacientes implicados en el brote, que nosotros íbamos indicando en la sala, y la fecha de intervención por parte del anestesista que, a continuación de nosotros, indicaba el secretario judicial. El efecto fue increíble y determinante. ¿Cómo era posible semejante capacidad de acierto de algo que había ocurrido a lo largo de una década? Disponíamos, en realidad, de teorías y, sobre todo, de tecnologías que nos permitieron responder a cuestiones que, ciertamente, hubieran sido imposible apenas unos años antes del inicio de nuestra pericia judicial. Así es la ciencia.

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