Por: Allie Ann

Que los dragones son un símbolo universal de la lucha entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, ha quedado demostrado en el último episodio de ‘Juego de Tronos’, con la aparición del impresionante “dragón de hielo”.

Porque si hasta el momento los hijos de Danerys eran simplemente unos animales caprichosos y violentos, ingobernables como cualquier cachorro, tras el crucial enfrentamiento con el Ejército del Rey de la Noche, ahora sus figuras deberán enmarcarse dentro de un relato más amplio: sus fuerzas se han polarizado en un historia maniquea que los confronta con un enemigo frío, vacío e implacable.

No es de extrañar que Drogon, Viserion, Rhaegar y Balerion, los cuatro reptiles alados imaginados por George R.R. Martin para su saga Canción de fuego y hielo, se encuentren ya entre los dragones más conocidos de la historia de la literatura. El éxito de la serie de televisión producida por la HBO ha ayudado a consolidar sus nombres entre el gran público. Sin embargo, la reciente aparición del improbable “dragón de hielo”, puede marcar un nuevo hito en la representación de este animal mitológico.

En Un mundo de Hielo y Fuego, los dragones de hielo aparecían citados como una mera quimera, un cuento para niños que contaban en el Norte para asustar a los más pequeños:

“Bestias colosales mucho más grandes que los de Valyria, y están formados en hielo, con los ojos de color azul claro y alas traslúcidas tras las que se transparenta la luz de la luna y las estrellas. Mientras los dragones comunes (si es que puede considerarse así) respiran fuego, los de hielo respiran aire gélido, capaz de congelar el corazón de un hombre a décimas de segundo… pero como estos seres se derrites cuando mueren, no se ha podido demostrar su existencia.”

Aunque los dragones de hielo son una rara excepción, también en el universo de ‘Juego de Tronos’, aquello que sean los “dragones comunes” y cómo haya de interpretarse su simbología no resulta evidente: a lo largo de la historia los dragones se han representado de muchas maneras distintas.

El referente inexcusable debemos buscarlo en China, donde encontramos el Dragón Celestial, un animal totémico que ha marcado por completo la historia cultural de la nación. Símbolo de todo un país, los ciudadanos chinos se denominan a sí mismos “descendientes del dragón”. Para ellos, este animal significa “la valentía, el atrevimiento, el poder, la excelencia, la divinidad, la perseverancia y el heroísmo.”

La representación del Dragón Celestial nos es familiar. Desde la dinastía Han, se lo describe como un ser con el tronco de una serpiente, las escamas de una carpa, la cola de una ballena, los cuernos de un ciervo, la cara de un camello, las garras de un águila, las orejas de un toro, los pies de un tigre y los ojos de una langosta. Se trata de una criatura bondadosa y amigable, cuyo elemento es el agua.

Una representación que, casi exacta, encontramos en el Dragón Shenron, de ‘Bola de dragón’.

Esta percepción del dragón como una divinidad benigna es una excepción. En occidente, una de las primeras representaciones del dragón la encontramos en el Nidhug —que significaría “el que golpea lleno de odio”—, un animal que se alimentaría de las raíces del Yggdrasil, el árbol de la vida según la mitología nórdica.

Fafnir, el dragón que Sigfrid debe derrotar en El cantar de los Nibelungos —un poema épico que recoge muchas de las leyendas con configuran la mitología germánica— es un descendiente directo de Nidhug:también relacionado con las fuentes de la vida, su sangre investirá al héroe alemán con el don de la invulnerabilidad.

Asimismo, en la antigua Grecia, esta criatura aparece nuevamente referenciada en la función de guardián junto a un árbol. Ladón o el Dragón de las Hespérides era el encargado de proteger las manzanas de oro que crecían en el jardín de la diosa Hera. Su historia es conocida porque Hércules tuvo que enfrentarse a él para robar los preciados frutos, proeza que constituiría uno de sus famosos doce trabajos.

En este sentido, el pintor y grabador italiano Antonio Tempesta, para titular su obra, llamó “serpiente” a Ladón, ya que la tradición cristiana asoció los dragones a Satanás, y los imaginó bajo la forma de serpiente —que, otra vez, descendía de un árbol—. Considerados símbolos demoníacos, en el bestiario medieval fantástico los dragones eran los enemigos más genuinos de Dios y el hombre, de modo que en el arte romántico se los representara siempre como animales vencidos.

Aunque conceptualmente se lo concebía como una serpiente alada, en pinturas y esculturas nos encontramos que los dragones parecen más bien una ave bípeda con cabeza de perro, grandes ojos, orejas puntiagudas, mandíbulas alargadas y cola de serpiente. No será hasta el período gótico que las alas de esta bestia maligna, representante del inframundo, serían dibujadas como extremidades membranosas, iguales que las de un murciélago. También le crecería una cresta dentada en la cabeza.

Una evolución iconográfica que llegaría hasta la imaginación del pintor y poeta William Blake, cuyo Gran Dragón Rojo, de forma antropológica, nos obligaría a repensar el significado del dragón.

Los cuadros de Blake están inspirados en un pasaje del Apocalipsis, llamado “la visión de la Mujer y el Dragón”. De nuevo, nos encontramos ante la lucha entre el bien y el mal:

“y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pieles y una corona de doce estrellas en su cabeza. / Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz. / Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. / Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando naciera.”

Como se ha señalado, para Blake el dragón tiene forma humana porque, como dice en uno de sus poemas, titulado ‘Una imagen divina’:

“La crueldad tiene corazón humano

y la envidia humano rostro;

el terror reviste divina forma humana

y el secreto lleva formas humanas.”

Algo parecido parece insinuar el escritor argentino Ernesto Sabato. El primer capítulo de su novela más conocida, Sobre héroes y tumbas, publicada en 1961, lleva por título ‘El dragón y la princesa’. En él, se habla de Alejandra, una joven tan especial y etérea como la Mujer del Apocalipsis en la que se inspira Blake.

En la interpretación de Sabato, la mujer no es la antagonista de la bestia demoníaca, sino que ella misma es una princesa-dragón, “un indiscernible monstruo, casto y llameante a la vez, candoroso y repelente al mismo tiempo: como si una purísima niña vestida de comunión tuviese pesadillas de reptil o de murciélago.”

Esta lectura está en clara oposición a la tradición maniqueísta que contrapone la princesa pura al animal corrupto. Estamos, pues, lejos del San Jorge que se enfrenta al dragón para salvar a la hija del rey o del dragón-demonio japonés Yogune-Nushi, hambriento de carne humana; para Sabato, la princesa-dragón no sería sino el símbolo de un animal que no puede evitar herir a los demás.

Así, con la aparición del “dragón de hielo”, en ‘Juego de Tronos’ nos encontramos con la misma simbología universal, una vez más reinterpretada: una princesa-dragón, los dragones mismos y la eterna lucha entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal, entre el fuego y el hielo, entre la vida y la muerte.

Sin embargo, podemos preguntarnos cómo están reordenados estos elementos. ¿Representa el dragón de hielo a las huestes del inframundo en contraposición a unos dragones puros, valientes y bondadosos? ¿o bien se trata de una lucha entre bestias igualmente corrosivas que se necesitan las unas a las otras para mantener el equilibrio? ¿Estamos ante una fábula sobre la crueldad en la que humanos y dragones forman parte de un mismo impulso destructor?

Lo único claro es que a diferencia de otros dragones literarios modernos —el Smaug de J.R.R. Tolkien, el Fújur de Michael Ende, el Kalessin de Ursula K. Le Guin o el Norbert de J.K. Rowling—, los dragones imaginados por George R.R. Martin nos obligarán a una reinterpretación de su simbología universal. Aunque, para ello, deberemos esperar a que el americano termine de escribir Vientos de invierno.

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