De Cenicientas y patanes…

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Por: Kimberly Armengol Jensen

@kimarmengol

Kim Armengol

Toda historia romántica comienza y concluye con “érase una vez una bella princesa que había tenido una vida muy infeliz y sufrida y conoció a un joven, guapo, fuerte y, por supuesto, millonario. Este joven liberó a la damita de todas las privaciones y abusos. Ella frágil, hermosa, tierna y hogareña. Se casaron y vivieron felices para siempre”.

Los personajes, situaciones y antagónicos cambian, pero el libreto es el mismo. No es casual que estas historias concluyan en la boda y el beso que sella su amor. Sería un rotundo fracaso comenzar la historia con la boda, que el desarrollo se centre en el tedio, monotonía, agresiones pasivo agresivas, infidelidades y concluya con el divorcio o abandono. Mejor finalizar con el beso de la boda y dejar lo demás a la imaginación poética.

Y es así uno de los orígenes del complejo de Cenicienta. Un fenómeno que afecta a cualquier mujer, independientemente de su nivel socioeconómico. La escritora norteamericana Colette Dowling describió esta situación en mujeres con temor a la independencia y que relacionan su felicidad en la búsqueda insaciable del príncipe azul que dará sentido a su existencia y la protegerá de todo peligro y cualquier mal.

Las características básicas de este patrón es el deseo constante de ser cuidadas, rescatadas y atendidas por terceras personas.

Así que ya lo sabe, si tiene una hija y quiere arruinarle la vida enséñele desde pequeña que solo puede ser rescatada por un hombre. Que las virtudes que debe cultivar son la sumisión, victimización, lloriqueo constante, chantaje, necesidad de ser “rescatada”, que comprenda a muy temprana edad que su manutención debe ser dada por un “hombre de verdad” y que le cause pánico la autosuficiencia, destruya su autoestima y que idealice a la pareja.

No deje de lado el timbre de voz (mientras más agudo mejor), inutilidad crónica, dependencia y, sobretodo, fragilidad (aderezada con una enfermiza necesidad de protección masculina). Hágale saber que ella no sirve para nada y que si es inteligente buscara un “buen proveedor”.

Si tiene el privilegio de tener un machito las reglas son sencillas. Ensénele que su valor está determinado por su salario, que debe ser fuerte, protector, posesivo, autosuficiente y peleonero. Que no le está permitido ser sensible, tierno o romántico. Fomente la misoginia y la cosificación de la mujer.

Y justo así, sigamos educando generaciones atrapadas en roles de género que polarizan y conducen a un callejón de infelicidad y frustración o comencemos a educar las parejas como un equipo, un equilibrio de poderes y un gozo más que una obligación. Ninguno rescata al otro, ninguno es frágil o fuerte, los dos van por el mismo camino tomados de la mano.

1 Comment

  1. Brenda Chapman es la primera mujer creo para Disney una princesa, recién en 2012: Merida (Valiente). Todas las películas de princesas Disney anteriores a esa fecha fueron creadas por hombres tal vez eso explica un poco porque la mujer se veía tan vulnerable.
    Hay material que muestra la grandeza de las mujer: Cuentos para niñas rebeldes 1 y 2 y los libros “anti princesas” (editorial chirimbote Argentina) son una excelente opción para leer a niños y niñas de esta generación.

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