Por: Andrés Moya

Nunca se podrá agradecer suficiente a la ciencia lo que ha hecho por el bienestar humano. Podría hacer una pequeña equivalencia, que nos entra por los ojos, entre bienestar y vivir bien. En su “Elogio de la técnica” decía Ortega y Gasset que la ciencia en general, pero especialmente la técnica, que es esa rama particular de la ciencia que sustancia los resultados de la misma en aplicaciones concretas, nos permiten vivir bien. Vivir bien es más que simplemente vivir, es ir más allá de lo estrictamente necesario para sobrevivir.

La ciencia ha hecho mucho por nuestra supervivencia, ciertamente, pero va más allá. La ciencia y la técnica han contribuido y contribuyen de forma significativa al bienestar humano. Podrá objetarse, y es algo que con frecuencia se menciona, que de la ciencia se han derivado aplicaciones terribles, fundamentalmente relacionadas con el desarrollo de nuevas armas y su utilización en guerras de todo tipo que están presentes a lo largo de nuestra historia.

Esto dice poco, en efecto, sobre el supuesto bienestar promovido por la ciencia. Pero si tuviéramos que hacer un balance, si dispusiéramos de una estadística detallada sobre el efecto de los avances de la ciencia y la técnica sobre el buen o el mal vivir, estoy convencido que la balanza se inclinaría a favor del primero. Y me atrevo a formular también una segunda reflexión: probablemente sea la ciencia la institución que más democrática y justamente ofrece sus beneficios a todos, sin hacer distinción entre origen, clase y condición, promoviendo como ninguna otra el ejercicio de las libertades individuales. Por favor, consideren esta afirmación en un contexto relativo y piensen en qué medida otras instituciones —por ejemplo, la religión, el arte o la política— han fomentado o fomentan más o menos que la ciencia el buen vivir de la ciudadanía en su conjunto.

La ciencia, por su propia definición y método, es universal y sus resultados deben ir dirigidos a ese universo que somos nosotros y, si me apuran, a todo aquello que forma el resto del mundo. Un científico ortodoxo sostendría que la ciencia, en primer lugar, poco tiene que decir sobre ‘el deber’, que es una actividad que está orientada a pensar y explicar el mundo y de la que se derivan resultados, es verdad, pero que en modo alguno es la ciencia misma la encargada de aplicarlos. Y, por lo tanto, en segundo lugar, que son otras instituciones las encargadas de hacerlo. Nada puede decir la ciencia sobre la bondad o la maldad de sus aplicaciones sobre el buen vivir, porque son otras instancias las encargadas de hacerlo y, al fin y a la postre, son ellas las moralmente responsables de sus consecuencias.

Permítame querido lector que le formule, no obstante, una reflexión un tanto atrevida, pero que creo razonable, y que nos lleva un poco más allá de la estricta puridad u objetividad de la ciencia y de su supuesta neutralidad. Si nos retrotraemos a la idea primigenia de lo que supone hacer ciencia, lo que en última instancia hay tras su ejercicio en Galileo y Newton, pasando por Darwin y llegando a Einstein, estaremos de acuerdo que es la comprensión y explicación de los fenómenos naturales, algo que es universal. El ánimo fundamental de la ciencia no es aplicar lo conocido y explicado, sino un simple y peripatético conocer y explicar. Y esa explicación, casi por definición, tiene o pretende tener el carácter y la ambición de ser universal y su universalidad es y sirve para todos nosotros, es un bien en sí antes de que vengamos con las aplicaciones en manos de terceros. La apertura al conocimiento que la ciencia nos brinda hace de ella algo no neutral de partida. Su producto más inmediato, el conocimiento y la explicación, son un bien en sí, que todavía se magnifica más si cabe cuando contribuye, por medio de otras instancias, al bienestar humano.

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