Por: Andrés Moya

Tres son los orígenes fundamentales que nos preocupan y, por tanto, justifican la ocupación de la ciencia en ellos, a saber: el del universo, el de la vida y el del hombre. La ciencia, aunque los aborda por separado pretende, como si fuera una aspiración natural, la formulación de una explicación unificadora.

Hablo de explicación, que quiere decir que vamos tras hallar una teoría que sea capaz de dar cuenta de los mencionados orígenes. ¿Disponemos de tal teoría? Ciertamente no, pero nos vamos acercando. Para el origen del universo se han formulado un conjunto de fuerzas elementales fundamentales cuya acción ha conllevado el despliegue de todo lo que ha aparecido posteriormente, incluida la vida en nuestro planeta, y posiblemente en otros, así como el hombre. Pero: ¿realmente esas fuerzas fundamentales son suficientes para permitirnos explicar la aparición de complejidades como la vida y el hombre? Algunos físicos dicen que sí, pues entienden que su teoría es de márgenes, que establece las condiciones que hacen factible que complejidades como la vida o la vida inteligete puedan aparecer.

Mi impresión es que se trata, todavía, de una teoría insegura a la que le falta precisión. Así, preguntas tales como: ¿dónde exactamente podemos anticipar vida o vida inteligente? o ¿cuándo?, no tienen una respuesta concreta. Como si de un embudo se tratase, la teoría física del cosmos despliega su explicación marcando unos márgenes, pero carece de la precisión suficiente como para anticipar o predecir algunos hechos concretos que han acontecido, al menos una vez, en la evolución del universo. Podemos afirmar que sus explicaciones son todavía débiles. De ahí podemos pensar, de nuevo, tanto la humildad como la grandeza de la ciencia.

¿Se diferencian en algo las teorías de los cosmólogos actuales de aquellos que formularon las antiguas cosmogonías que han estado presentes en diferentes civilizaciones, por ejemplo las pre-colombinas, a lo largo de la historia? Sí, claro, unas son teorías científicas y las otras no tanto, aunque no deja de ser sorprendente la extraordinaria precisión alcanzada por algunas de esas civilizaciones sobre la dinámica de los astros y de otros fenómenos astronómicos.

Déjeme lector que me atreva a sugerirle la idea de que los formuladores de aquellas cosmogonías, con independencia de su uso para el funcionamiento de las respectivas sociedades, y la de los cosmólogos actuales, responden a una misma íntima necesidad: la búsqueda de respuestas y el tratar de dar sentido a la existencia. ¿Es esto, realmente, lo que motiva a los científicos de hoy? Probablemente digan que no, que solamente pretenden encontrar una explicación del universo basada en la fría y cruda ciencia, algo que, según ellos, les diferencia de los cosmólogos de la antigüedad y, en todo caso, de la gente corriente que, al menos de vez en cuando, sí se hace preguntas existenciales.

Según como yo lo veo, no se puede separar tan fácilmente la búsqueda de explicaciones científicas de las cuestiones fundamentales y, al igual que los cosmólogos primitivos y las personas en general, la explicación que busca el científico se alimenta, aunque sea en forma inconsciente, de la necesidad de encontrar un sentido a la existencia. De la misma forma que utilizamos la ciencia para promover el bienestar social, también nos servimos de ella para encontrar respuestas fundamentales. Sobre eso reflexionaban, casi a diario, en sus paseos matutinos hacia el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton dos científicos con talantes y creencias bien distintas: Einstein y Gödel.

Una última reflexión. La ciencia contribuye, al igual que el arte, la filosofía o la teología, a dar respuestas o incluso concluir que no existen tales para según qué asuntos. Pero tiene una dimensión particular con respecto a esas otras formas de comprensión de la realidad: su método, que le permite alcanzar una explicación no diré que final, sino más bien progresiva o por aproximación, a las cosas del mundo.

En general, la obra del artista, el filósofo o el teólogo, para considerarse como tal, debe ser creativa o estar orientada a la creación de un sistema basado en el pensamiento o en la fe. Todos, con herramientas diferentes, abordan la creación de obras y sistemas. La originalidad del científico, por el contrario, radica en el descubrimiento y la explicación aproximativa de lo que hay, incluido el propio arte, la filosofía, la teología y la misma ciencia.

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