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Uno de los temas fundamentales en la discusión sobre el futuro del país, aprovechando ahora que estamos en proceso electoral, debería ser el de la desigualdad. Somos el país más desigual del mundo, el que es capaz de tener a Carlos Slim (segundo o tercer hombre más rico del mundo) y Cochoapa el Grande, en Guerrero, ha sido declarado el municipio más pobre de América Latina, con un Índice de Desarrollo Humano similar al de Burundi, en África. Así de grande es la brecha. Por ello, ha sido importante la discusión que se ha dado esta semana entre miembros de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y académicos el Programa Universitario de Estudios del Desarrollo (PUED) de la UNAM, en un seminario titulado Cambio de Época. Los postulados de este diálogo son de gran utilidad para entender la desigualdad en el país.

El contexto global está marcado por una mayor concentración de la riqueza en el mundo, la que registra una intensidad y un aumento de velocidad sin precedentes. De acuerdo a la última edición del Informe Global de la Riqueza del Credit Suisse Research Institute (CSRI), el 1% de los hogares más ricos del mundo posee la mitad de la riqueza. La riqueza mundial total ha llegado a 280 trillones de dólares y es un 27% más alta que una década atrás, cuando se inició la crisis financiera. En México, la riqueza total de México ascendió a 76.7 billones de pesos. El 37% de ella estaba en manos de 4 hogares; el gobierno administraba el 23%, las empresas privadas el 19%, las empresas públicas el 9%, el resto del mundo poseía el 7% y las instituciones financieras el 5%. En promedio cada hogar tendría, si hubiera una distribución equitativa, 900,000 pesos en activos físicos y financieros, monto que sería más que suficiente para que las personas tuvieran una vida holgada. Lamentablemente la repartición es muy desigual. Dos terceras partes de la riqueza están en manos del 10% más rico del país y el 1% de los muy ricos acaparan más de un tercio.

La igualdad debe ser el horizonte del desarrollo; el cambio estructural debe ser progresivo, pues las soluciones no son mágicas ni se presentan de un día para otro. Debe preocupar la desigualdad mexicana, porque es ineficiente e insostenible porque restringe la reducción de la pobreza al ampliar el costo de las brechas en la educación y la salud y, en el caso del ingreso, impide la movilidad intergeneracional.

México vive, desde tiempo inmemorial lo que se conoce como la cultura del privilegio, que naturaliza la diferencia como desigualdad y la relación entre el lugar que se ocupa en la escala social y el mayor o menor acceso a educación, salud, trabajo, seguridad y habitabilidad. Esto resulta en profundas desigualdades de ingresos monetarios y alta concentración de la riqueza; en inequidades tributarias como exenciones, evasión y bajo impuestos la renta; en rigideces para la movilidad social intergeneracional y en la segregación territorial respecto a infraestructura, servicios y en las ciudades.

Ahora bien, cuando se habla de combatir la desigualdad significa poner en práctica ciertos principios en las políticas públicas: actuar sobre la segregación territorial, la segmentación en la educación y el acceso a la salud, y el acceso universal a sistemas de protección social y cuidado; a combatir el acceso desigual a la justicia y a las redes de influencia, y a destacar la importancia del derecho a la diferencia. Así, el reto es universalizar la salud y la educación, para lograr la igualdad de género y la autonomía económica de las mujeres.

En este contexto el desafío de alcanzar un desarrollo con igualdad enfrenta a tres problemas estructurales, la heterogeneidad estructural, que es la expresión de la cultura del privilegio a nivel del sistema productivo; la vulnerabilidad externa, que mantiene a la región altamente dependiente del contexto externo, y la enorme debilidad del Estado, la parte institucional que no nos permite avanzar.

De igual forma, no se puede dejar de lado las decisiones de política económica. Es importante establecer una fiscalidad para la igualdad y adecuar la educación al nuevo contexto tecnológico. Ahí radica una muestra del fracaso mexicano: la baja propensión a invertir en investigación y desarrollo. Sin eso es difícil hablar de cobertura sanitaria y educación universal.

Estos temas deberían ser discutidos, de fondo, en el proceso electoral. El que la discusión sea más de forma muestra, claramente, el por qué estamos como estamos.

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 La desigualdad en MéxicoFuente: The Hunger Project, 2018.

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