Por: Andrés Moya

Ya sabemos que la especie humana es violenta y que la violencia es educable. Al igual que muchas otras características, la violencia tiene un componente genético y otro ambiental y éste, a su vez, es una combinación de muchos otros factores entre los que destaca la educación. Pero: ¿cuánta de esa violencia nos viene por naturaleza, nos es intrínseca? En un estudio publicado en la revista Nature (2016, Volumen 538, pp. 233-239) Gómez y colaboradores han ahondado en la cuestión de las bases genéticas, pero también sociológicas y políticas, de la forma más extrema de violencia, lo que ellos denominan ‘violencia letal’; es decir, aquella que se da entre individuos de la misma especie y que acaba con la muerte de un congénere.

La violencia es un concepto que tiene un recorrido muy largo porque son muchos los comportamientos humanos que caben dentro de su paraguas. Como siempre ocurre en ciencia, es fundamental aportar una definición los más precisa posible que nos permita llevar a cabo una medida.

Los autores, como indico, se concentran en una forma particular de violencia, la más extrema, y la calculan como el porcentaje de muertes por violencia entre individuos de la misma especie con respecto a otras posibles causas de muerte. Entra dentro de violencia letal la guerra, el homicidio, el infanticidio, la ejecución o cualquier otra forma de asesinato. La ardua medición de la violencia letal la han llevado a cabo a partir de fuentes bien documentadas de unas seiscientas poblaciones humanas distribuidas en determinados momentos que van desde el paleolítico hasta la edades moderna y contemporánea. También han determinado el porcentaje de violencia letal agrupando las poblaciones según su organización socio-política, distinguiendo, por ejemplo, entre bandas, tribus o cacicazgos, tanto en la prehistoria como en la historia, así como, en poblaciones pertenecientes a estados modernos.

Los autores, por otro lado, han calculado la violencia letal en más de mil especies de mamíferos, incluyendo casos documentados de infanticidio, canibalismo, agresión entre grupos o cualquier otra forma de asesinato en poblaciones de las correspondientes especies. Las especies consideradas son muy variadas y cubren un amplio espectro de comportamientos atendiendo a su sociabilidad o a su territorialidad. Algunas de ellas están próximas evolutivamente a la nuestra, concretamente neandertales, grandes simios y otros primates. Como cualquier otro carácter que tenga una base genética podemos considerar que la violencia letal evoluciona. Pues bien, el análisis evolutivo de la violencia letal en todas las especies de mamíferos examinadas les ha permitido a los autores determinar cuál es la violencia letal que nos corresponde atendiendo a nuestra posición en el árbol de la vida, llegando al interesante resultado de que es de un 2%. Es algo así como: ¿cuánta violencia letal esperamos según nuestra componente genética? Pues, repito, un 2%.

Y entonces: ¿cuánta violencia hemos exhibido a lo largo de nuestra prehistoria e historia? Recordemos lo indicado más arriba de cómo otros compontes, no genéticos, afectan también al citado carácter. No se heredan como se heredan los genes, aunque ello no quiere decir que no se puedan transmitir y aprender en una forma bien efectiva en aquellas especies, la nuestra particularmente, que ha descubierto el aprendizaje, la comunicación o la cultura.

Así, por ejemplo, el nivel de violencia letal durante la prehistoria humana, incluida la edad del bronce, no difiere del 2%, está por encima en las poblaciones analizadas durante la edad del hierro, al igual que las de períodos históricos como la edad media, pero se sitúa por debajo del 2% cuando consideramos poblaciones de las edades moderna y contemporánea. Atendiendo a la organización socio-política los autores observan que las poblaciones consideradas como bandas y tribus prehistóricas están en el 2%, las que se articulan en forma de sociedades caciquiles están por encima, al igual que las poblaciones de bandas y tribus contemporáneas. Finalmente, las poblaciones correspondientes a otros momentos de nuestra historia o pertenecientes a estados modernos muestran unos saludables valores por debajo del 2%.

Allá por 1661 el filósofo Thomas Hobbes en su “Leviathan” habló de que el hombre es un lobo para el hombre. Siempre hemos pensado que algo de razón llevaba, pero la ciencia viene a decirnos ahora algo más concluyente, al menos en cuanto a esa violencia extrema que es la violencia letal. En efecto, algo de violencia intrínseca llevamos encima, nos viene de lejos y conviene no olvidarlo. Forma parte de nuestra naturaleza. Ya no se dice que lo llevamos en la sangre, sino en nuestros genes. Pero en nuestra propia historia aparecen subidas significativas debido al efecto de otros componentes no genéticos que han contribuido a su incremento, pero también lo contrario, apuntando lo que podría ser la importante tendencia de que organizaciones sociales avanzadas como son los estados, particularmente los estados modernos, han contribuido a situar el valor por debajo de lo que nos marca nuestra genética.

Al igual que muchas otras especies con las que estamos emparentadas, o que muestran organizaciones sociales y territoriales parecidas a la nuestra, el hombre es un lobo para el hombre con un 2% de violencia letal genética. Pero la violencia se puede reducir; de hecho, se observa que se ha reducido bajo determinadas formas de educación, cultura y organización social. En nuestro pasado más remoto, en nuestra prehistoria, cuando tales instituciones no existían, no vivíamos en ninguna Arcadia feliz: la violencia letal que nos acompañaba era la que nos correspondía por nuestra propia naturaleza. Después, y según casos, determinadas formas de educación, cultura, civilización, organización social o estados, han contribuido a aumentar o disminuir ese 2% de violencia letal. Nada nuevo que inventar para saber, a la luz de nuestra historia, cómo disminuir ese valor.

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