Por: Andrés Moya

Sr. García, permítame que le responda a su carta haciéndola extensiva a los lectores de mi columna. Considero muy importante que tanto Ud. como cualquier otra persona sepa qué es y qué no es la teoría de la evolución biológica.

  1. La evolución es una teoría científica, al contrario que el marxismo, el psicoanálisis o la teología, que son otra cosa. Una y otras corresponden a ámbitos bien distintos del pensamiento y la racionalidad humana, pues la primera, como cualquier otra teoría científica, pertenece al dominio de lo empíricamente contrastable y su propósito no es engullir hechos, sino proporcionar explicaciones. Supongo que al Sr. García le molesta tanto más una teoría cuanto más se aproxima peligrosamente a las cosmogonías. Las teorías más importantes son aquellas capaces de dar cuenta del mayor número de hechos, pero también están sujetas a su posible refutación, saco en el que no pueden caer las cosmogonías.
  2. No existe un tal ‘dogmatismo evolucionista’, sino una teoría poderosa capaz de explicar muchos fenómenos biológicos. Al Sr. García le molesta pensar que dispongamos de una teoría así, pero me sorprende que no haga una observación similar respecto de la teoría de la relatividad. ¿Existe un dogmatismo relativista? ¿qué le lleva al Sr. García, y a muchos otros, a tachar de dogmática a una teoría científica y no así a otras? Por anticiparle algo, Sr. García, a Ud. me temo que le preocupa mucho más lo que nos enseña la peligrosa idea de Darwin que lo que enseñan otras teorías científicas, preocupación que comparto con Ud.
  3. Las revistas científicas están repletas, Sr. García, de resultados que nos dicen ‘así es cómo es’ y no sólo ‘así debió ser’ la evolución. Ud. recurre a una versión un tanto obsoleta y tradicional de lo que se entiende por pruebas de la evolución. No voy a detallarle que del estudio del pasado también somos capaces de derivar poderosas explicaciones sobre el ‘así es como es’ la evolución biológica. Simplemente decirle que también hacemos experimentos, Sr. García, que la evolución biológica que se investiga en los días que corren es tan experimental que, es gracias a ella, cómo explicamos, por ejemplo, el éxito o el fracaso de los antibióticos o el origen y propagación de epidemias infecciosas.
  4. Nadie se opone a que una teoría caiga y sea reemplazada o engullida, según el caso, por cualquier otra. Sr. García, estamos dispuestos, como científicos, a tragarnos el polvo de la evidencia. Comenta Ud. la dificultad de explicar el origen y la evolución del lenguaje y el pensamiento. Mire, probablemente sea este asunto uno de los que todavía requieren una explicación profunda. No deja de ser chocante que estemos aquí para preguntarnos por aquello que nos ha originado. De nuevo nos acecha, Sr. García, la peligrosa idea de Darwin, es verdad.
  5. Cierto, la ciencia conlleva un riesgo en su ejercicio. No son tanto sus resultados como sus explicaciones. Ud. teme, Sr. García, que nos creamos como dioses, intuye que hay algo perverso en enrocarnos en nuestra propia sabiduría, en no reflexionar suficientemente sobre la posible perversión que pueda conllevar sentirnos como ‘nuestro Creador’. Pero Sr. García, también el conocimiento es la base de nuestra libertad y en nuestras manos, más que nunca, está la responsabilidad de decidir. Obviamente, y como opción, podemos optar por regresar a las cavernas.
  6. Ciertamente Sr. García que la inteligencia y la sabiduría no habitan sólo en el materialismo. No obstante, también le digo, porque es así como lo percibo, que tanto Ud. como yo hacemos equivalente lo material con lo científico pero que Ud., al contrario que yo, abomina de la ciencia porque es materialista, y prefiere otros mundos donde pueda ejercer su sabiduría e inteligencia, pero donde no deba enfrentarse, como Darwin hizo, con las consecuencias de su peligrosa idea.
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Retrato de Darwin en su juventud

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