Escrito por: Andrés Moya

No deja de sorprenderme, reiteradamente, los motivos que pueden asistir a ese colectivo heterogéneo que se manifiesta en contra de la teoría de la evolución biológica. Procuro ponerme en la piel de su malestar, tratando de entender qué les lleva a esa especie de persistente aborrecimiento del hecho evolutivo y, lógicamente, al corolario que se deriva del mismo: que nuestra especie es una más en el árbol de la vida. Se puede admitir, porque nos movemos en el ámbito de la ciencia, que la teoría de la evolución es perfectible, como cualquier otra teoría científica.

Pero con Darwin acaba de afianzarse lo que la citada teoría trata de explicar: la realidad, el hecho de la evolución biológica. Podría pensarse que “La peligrosa idea de Darwin”, que tomo del título del libro de Daniel Dennett, conocido filósofo darwinista, es la explicación de la evolución basada en la selección natural. En realidad, es mucho más peligrosa, tiene más alcance, la otra gran aportación de Darwin: el árbol de la vida, la conexión material de todo lo vivo desde que la vida apareciera en la Tierra.

El motivo de mi sorpresa, todo sea dicho, es complejo; son varios los factores que la promueven, que paso a detallar. El primero es el silencio relativo del colectivo mencionado frente a teorías que, como la de la evolución biológica, también se basan en explicaciones naturales de las cosas del mundo. Las leyes de la física, empezando con Galileo, continuando con Newton, progresando con Einstein, y acabando en las explicaciones del origen del universo de los modernos cosmólogos, nos vienen a mostrar una explicación de la realidad nada entrañable para quienes se acogen a ‘razones’ no naturales.

Uno debiera preguntarse si la razón última de la falta de agresión ‘pública’ reciente a las teorías físicas, si lo comparamos con la teoría de la evolución, reside en su mayor dificultad de comprensión. Pero tal justificación no satisface, primero porque las teorías físicas fundamentales no son complejas, y se pueden comprender incluso sin el recurso al aparato matemático. Y, en segundo lugar, porque viene siendo inmenso el esfuerzo divulgador y explicativo por parte de los mejores físicos de nuestro tiempo, en su intento por presentarnos tanto la panorámica del origen y composición más íntima de la materia como las abstrusas teorías en torno a la unificación de las fuerzas básicas. Por lo tanto, este primer posible punto de diferencia a favor de la aceptabilidad o, si se me permite, de la no beligerancia contra las teorías físicas frente a la teoría evolutiva, no parece radicar en ellas mismas.

Deseo hacerle constar, querido lector, que ambos tipos de teorías constituyen un continuo explicativo dentro de la ciencia, y si los físicos nos dicen algo fundamental sobre el origen del universo, sin recurrir a lo sobrenatural, la segunda también lo hace en relación al origen y la evolución de la vida, nuestra especie incluida. Bajo esta perspectiva, la beligerancia antievolucionista debiera ser contemplada como beligerancia anticientífica. Y es verdad, existen críticas a la ciencia basadas en su supuesta arrogancia panexplicativa que proceden de un mundo intelectual bien distinto al colectivo al que yo me refiero aquí.

Ese mundo intelectual forma parte de una tradición secular de la historia occidental que es contrario a desvelar lo inefable, por cuanto hacerlo desde la ciencia es equivalente a no poder captar las esencias que hay tras ello. La corriente inefabilista sostiene que la esencia de las cosas no se capta por la explicación científica.

Darwin era consciente del alcance de sus peligrosas ideas. El motivo profundo que asiste al colectivo al que hago referencia, su preocupación no declarada, es la reluctancia a aceptar lo que ya tenemos por cierto: que somos una especie más producto de la evolución biológica. Querido lector, pero la ciencia no tiene límites; somos, en efecto, una especie más, pero: ¿somos necesariamente una especie cualquiera?

59 La peligrosa idea de Darwin

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