Por: Martín González García

Todos los imperios anteriores, chinos, romanos, aztecas, egipcios, incluso los cultos mayas. Tuvieron una sola norma, una sola ley, para arreglar cualquier disputa comercial, la ley del garrote, la ley de la fuerza.

El 1 de enero de 1995 surgió en Ginebra Suiza, la Organización Mundial del Comercio, es la única organización internacional que se ocupa de las normas que rigen el comercio. Los Acuerdos de la OMC, que han sido negociados y firmados por la gran mayoría de los países que participan en el comercio mundial y ratificados por sus respectivos parlamentos. El objetivo es ayudar a los productores de bienes y servicios, los exportadores y los importadores a llevar adelante sus actividades.

Podríamos decir, que era la diferencia entre el pasado y el presente, una débil y endeble diferencia pero diferencia al fin.

¿Cuál es el problema de que alguien la confronte, la cuestione y amenace con no seguir sus reglas? Cualquier país que hiciera esto estaría generando una incómoda y desafortunada situación. En muchas ocasiones algunos países han cuestionado, o han incurrido en alguna omisión. Pero no tenemos muchos registros de confrontaciones directas. No tenemos antecedentes de que hacer, de cómo solucionar estos problemas.

Que el imperio cuestione, a está débil organización es muy preocupante, un retorno a los viejos métodos, en los tiempos modernos sería terrible.

El muro es preocupante, parece más un gran distractor, pero manejar una relación que mande señales confusas a los mercados, y a los integrantes de la OMC. Genera una situación que tendremos que aprender a manejar.

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